lunes, 1 de julio de 2013

AL BORDE DE LA REVOLUCIÓN

 

Jaime Richart

Jaime Richart

 

Hay que rendirse a la evidencia. Los propósitos de la socialdemocracia de socializar el capitalismo han fracasado. Y, tal como están las cosas, no es probable que pueda volver a intentarlo. Los neocons (ellos se llaman a sí mismos liberales) se han adueñado prácticamente de todo el poder, en España y en Europa, y siempre cerrarán el paso a cualquier otro conato de socialización, o el intento no pasará de ser otro débil y pasajero amago.

La política del partido ahora en la oposición tiene muy poco de socialista y mucho de conservadora. Los socialistas en origen, al mimetizarse en socialdemócratas no han hecho más que decorar el sistema y dar al capitalismo durante un tiempo un aspecto si acaso un poco más humano. Pero, al final lo que ha hecho tanto la socialdemocracia como el eurocomunismo es maquillar el capitalismo, darle un respiro y robustecerlo. En España como en Europa. Ahora mismo ya vemos cómo “Europa”, la Europa de los neocons arremete contra la Junta de Andalucía por el modo de solucionar el grave asunto de los desahucios salvajes, que dice perjudicar a la banca: el dinero prima sobre el individuo. Esta es la desalmada filosofía que rige el destino de la población común de este país y de Europa.

Allí como aquí la política es a la democracia lo que la religión es a la Iglesia católica: es posible que los clérigos corruptos se cuenten sólo por miles, pero son bastantes para provocar millones de deserciones e infectar a la institución entera hasta desmoronarse a ojos vista. El caso es que ya es imposible esperar un relativo equilibrio entre la acumulación de capital y el bienestar social gestionado por el Estado. La ciudadanía en general, tan agraviada material y moralmente por interminables abusos y engaños de los políticos rehenes del dinero, ha terminado detestando a la clase política entera.

Cada vez el centro financiero mundial exige más recortes sociales, y a los beneficiarios les da igual las consecuencias. Hay un dato invariable de carácter empírico e histórico: los detentadores del poder político y económico y los poderosos asociados siempre hasta ahora han preferido el riesgo de revueltas, sublevaciones y revoluciones, antes que ceder un palmo de su poder. Y los empresarios prefieren cerrar la empresa o ir a la quiebra, antes que doblegarse a razonables reivindicaciones de sus trabajadores. Responden todos a su naturaleza de escorpión. Siempre es la misma historia. La socialdemocracia y el eurocomunismo llevan apenas treinta años, los sindicatos mucho más. Pero entre todos y por más esfuerzos que unos y otros han hecho, la sociedad capitalista global ahonda las desigualdades después de haber pasado por una corta fase ilusoria de acceso al dinero… que hay que devolver. La clase trabajadora está volviendo a la condición de sierva o de esclava que en realidad nunca ha perdido del todo.

Lo que está sucediendo en Europa es una catástrofe socioeconómica sorda o de baja intensidad, pero con los efectos de una posguerra. A la burguesía no le asusta la resistencia de los privados progresivamente de un mínimo de asistencia social. Los poseedores están determinados a restablecer la funcionalidad ortodoxa del capital y lograr tasas de beneficio crecientes.

Ejércitos de policías del Estado, autonómicas o federales, de guardaespaldas y de sicarios largamente pagados que se ocupan de su seguridad, les garantizan a los banqueros o imitadores, a los políticos, a los grandes empresarios, a los opulentos que las grandes masas de población, a cambio de mini jobs y salarios equivalentes a limosnas en comparación con lo que ellos se embolsan, soportarán aun quejosamente lo que en otro tiempo y circunstancia hubiera desatado la revolución. En el pasado año el número de ricos en este país se ha incrementado en un cinco por ciento, mientras el de pobres ha aumentado un 8 por ciento. La desigualdad alcanza cifras que ahora menos que nunca no se resisten. Los pasatiempos de la modernidad contienen de momento a la turba. Pero de todo se cansan los pueblos. Como los individuos. Incluso se cansan de la paz prolongada, sobre todo cuando se presenta un panorama desolador y sin esperanza…

Estamos en otros tiempos -dicen. Sí, pero por eso mismo, y porque pese a la engañosa circunstancia de que nos venden además falsa libertad, se hacen más insoportables las maniobras alambicadas del poder y sus abusos que le aseguran el dominio social. La Justicia, en tanto que contrapoder, debería comprender que el pueblo la mira como el último baluarte. Pero en España la justicia involuciona, y los poderosos no tienen mucho que temer de ella. Los rodeos dados a la instrucción de las causas y a los procesos que no acaban de sustanciarse, más que garantía son recursos oficiosos que les brinda la posibilidad de sortearla. Y las cuantiosas rapiñas del poderoso llevan camino de quedar impunes. En estas condiciones, no es demasiado aventurado afirmar que parece muy cercano el día en que este país y los que con España comparten en Europa el papel de víctima, estallen en una desesperada reacción sin precedentes. Incluso una gigantesca e inédita guerra civil entre policías y ciudadanos se dibuja en el horizonte de Europa, empezando por España. Ni con el euro ni sin el euro. La única salida que están dejando a las grandes masas de población es la Revolución, con cadena perpetua en lugar de guillotina. Lo que deseamos es que sea en la medida de lo posible controlada. El detonante puede ser cualquier insignificancia…

26 Junio 2013

Jaime Richart

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