lunes, 19 de marzo de 2012

DE JUECES Y DEMÁS

 

Benigno Martínez Ojeda

Edificio del Tribunal Supremo en Madrid

Hay derechos que parecen inalienables: como la intimidad, por ejemplo. Por eso las cámaras quizá deberían ser ilegales… Sin embargo yo creo que una de las decisiones más revolucionarias del Tripartito catalán fue instalar cámaras en las comisarías, hecho que ayudó a erradicar prácticas de tortura a los detenidos en las propias comisarías… en las que se instalaron. Ahora parece que se vuelve al “derecho inalienable” a la intimidad…

En un estado de derecho, los jueces, el poder judicial, son los únicos que pueden autorizar las excepciones a los derechos de la persona (a algunos, pues nunca se puede o se debería autorizar a la violación de la integridad de la persona, a la tortura…): la inviolabilidad de la correspondencia, o de las comunicaciones telefónicas, el seguimiento de la vida privada. El problema viene cuando estas excepciones vienen dictadas, se deciden, desde la “autoridad” política, o militar, o policial o de cualquier otro poder fáctico, que es lo que ocurría en el franquismo y ocurre y ha ocurrido en todos los regímenes dictatoriales.

Que los jueces no son Dios, es evidente, y por supuesto Garzón no es Dios (no creo que lo pretenda…) pero algo huele a podrido cuando “otros” jueces “condenan” a ese juez, pero no a los otros que han tenido la misma actuación en el mismo caso. Es un juicio “político” y a la persona, más que a su actuación, como ha ocurrido en este caso. Si de paso esa condena es un aviso para navegantes en el sentido de que “cuidado con quién te metes, con qué poderes te atreves a cuestionar”, porque hay rayas que no se puede atravesar, pues mejor que mejor… Yo así lo veo y creo que sin ser juristas hay muchos en mi misma situación.

En un estado de derecho cada pilar tiene su función lo que no quiere decir que lo que diga o haga cada pilar tiene asegurado su veracidad, que automáticamente tenga la ciencia infusa, la infalibilidad en la materia a su cargo y lo que hoy parece acertado dentro de dos siglos puede ser totalmente distinto como así ha ocurrido en la historia.

Todo esto me lleva a imaginarme algunas cosas muy chocantes:

Jesús es evidente que era un judío no solo de raza sino también de religión. Para sus congéneres la ley de Yavé era absoluta, y principio y fin de toda acción o actividad humana. Pero el evangelio lo que nos viene a demostrar una y otra vez es que Jesús relativizó absolutamente todos los aspectos de la religión, menos uno de los mandamientos: el amor, todo lo demás estaba en función del hombre, y si el hombre era pobre, marginado, mejor que mejor: no estaba el hombre para el sábado, el sábado era instrumental, solo en la medida que favorecía al hombre era importante y todos lo demás era igual. El único principio con categoría absoluta era el del amor, a Dios, pero que solo se “demuestra” en la medida que se tiene ese amor a los hermanos, a los demás...

En consonancia con esto Jesús “curó” en sábado, en claro rompimiento de la ley (y seguramente no habría pasado nada si hubiera esperado para curar al día siguiente…) y sobre todo perdonó a la adúltera… ¿Existiría el cristianismo si Jesús hubiera simplemente respetado la ley judía que mandaba lapidar a quienes se cogiera in fraganti, aunque hubiera exigido que para ello se cogiera y se lapidara al mismo tiempo al adúltero?

Cuando le plantean el tema, en plan de encerrona, Jesús no dice que esa ley es mala, solo ante la insistencia de los que se la han traído acaba diciéndoles: en todo caso el que esté libre de pecado que empiece, y hace como que se desentiende, pero cómo lo debió decir que empezando por los más viejos todos se marcharon dejando a la mujer a solas con Jesús. Siguiendo la ley Jesús “debería haber empezado a lapidar a la mujer. Pero lo que hace es todo lo contrario y le dice

-¿Dónde están los que te acusaban?

-Se han marchado, Señor.

-Pues yo tampoco te condeno. Vete y no peques más.

No es mi ánimo identificar a Garzón con Jesús, solo ver que la relatividad de muchos principios es una cuestión a definir y/o discernir en cada caso. No hay principios absolutos sobre todo cuando esos principios (o leyes) se pueden utilizar para realizar acciones injustas. En todo caso cada uno es responsable de sus acciones. En el franquismo hubo muchos curas que tuvieron que declarar en los juzgados sobre actos y personas a los que se quería juzgar y condenar por actividades “ilegales” pero justas. ¿Juraron en falso? Nunca lo diría yo, pero venia al caso aquello de puros, cautos como palomas y sagaces como serpientes

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