martes, 3 de septiembre de 2013

CONSTRUIR UNA CIVILIZACIÓN QUE RECHACE LA ACUMULACIÓN



El Templo de la Codicia, Secretaría del Tesoro U.S.A



Construir una civilización que rechace la acumulación Santiago Álvarez Cantalapiedra[1]
No vivimos en el mejor de los mundos posibles. La civilización capitalista, basada en el dinero convertido en capital o que aspira serlo, promueve la codicia (¡acumulad! he ahí la ley de los profetas) y la idolatría (el culto al becerro de oro). Es una civilización que no civiliza porque confunde la creación de riqueza con el enriquecimiento de unos pocos y la desposesión de la mayoría. El capitalismo no tiene entrañas de misericordia: pone a las personas al servicio de la economía y no al revés. Ha hecho de la humanidad una comunidad escindida, marcada por la dialéctica del amo y el esclavo, y su hogar (el planeta Tierra) se parece cada vez más a una viña devastada por jabalíes financieros. En medio de esta injusticia, el “pueblo crucificado” (Ellacuría) y la “Tierra empobrecida” (Boff) son el gran signo de los tiempos, porque las dos realidades surgen de la misma lógica depredadora y ambas únicamente pueden ser sanadas si se contiene a la hybris (desmesura o exceso procedente de la arrogancia de la especie homo transmutada hoy en el homo economicus del individualismo propietarista y competitivo).
La hybris, la desmesura procedente del orgullo, sólo se contiene venciendo al yo prepotente, esto es, mediante la “negación de uno mismo” (Lc 9:23). Jesús puso esa condición como necesaria para su seguimiento. Renunciar a uno mismo es luchar contra el orgullo para no devolver nunca mal por mal y resistirse a dañar al prójimo (como insistía el viejo Tolstoi); y es también desprenderse de lo superfluo para que a nadie le falte lo necesario (como defendía Gandhi).
Por ello la lucha por la justicia tiene hoy un doble sentido: es movimiento interior que transforma la persona y movimiento exterior que transforma la sociedad. La “metanoia” cristiana abarca el interior y el exterior, la persona y la sociedad. Ambas están relacionadas, llevando la una a la otra. A eso mismo se refería el filósofo marxista Manuel Sacristán en una conferencia impartida en 1983: “Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador, tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión”. Un movimiento combinado (interior y exterior) capaz de contener a un capitalismo que no entiende de restricciones morales, sociales y naturales por ser incapaz de concebir que su expansión pueda tener algún límite y que conforma el individualismo propietarista y competitivo de nuestros días ciego a la cooperación, a la búsqueda del bien común y a la preservación de la madre naturaleza.
Luchar por la justicia es sinónimo de trabajar por construir una civilización que rechace la acumulación del capital como motor de la historia y la posesión-disfrute de la riqueza como motivación principal de las personas, poniendo la satisfacción universal de las necesidades básicas, la solidaridad y la sostenibilidad como fundamentos de la humanización.

[1] Director FUHEM Ecosocial y de la revista PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global




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