lunes, 28 de abril de 2014

El cerdo, último frente abierto en las guerras culturales de Europa

 

Gavan Titley · · · · ·

27/04/14


EROCERDO

 

Tras su significativo avance en las últimas elecciones locales, la dirigente del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, se apresuró a anunciar que los comedores escolares ya no servirían menús alternativos al cerdo a los niños de las ciudades gobernadas por el FN. Tomando como blanco a los musulmanes en una ronda más de humillación pública, a la vez que excluía a los niños judíos, declaró Le Pen: "No hay razón para que entre la religión en la esfera pública".

Mientras que Le Pen encuadraba esta fijación con las exigencias dietéticas de sus conciudadanos como defensa del laicismo del Estado, el alcalde del FN de la ciudad sudoccidental de Arveyres, Benoit Gheysens, sugería que la medida estaba simplemente destinada a recortar gastos e impedir que "el personal se viera agobiado" por un excesivo dispendio de comida. Esta mezcla de preocupación medioambiental y compromiso laico ilustra lo ecléctica que puede ser la extrema derecha en su defensa del orden y cómo la conversión de Le Pen a los valores republicanos se ve configurada por esta elasticidad estratégica.

En fecha tan reciente como 2011, Le Pen se vio amenazada con ser procesada por describir a los musulmanes que rezan en las calles como algo comparable a la ocupación nazi de Francia, en vez de optar por oponerse a ello como un ataque a la neutralidad del espacio público. Su posterior cultivo de una defensa derechista del laicismo se basa en que se ha dado cuenta de que puede apropiarse de los valores supuestamente universales de la República como productivo frente en la lucha por la identidad nacional.

La razón primordial de esta conversión estriba, por supuesto, en que proporciona una fértil oportunidad para reproducir repetidamente controversias públicas relativas al "problema musulmán" y su amenaza a la identidad nacional.

Tal como afirma Arun Kundnani en su nuevo libro The Muslims are Coming: Islamophobia, Extremism and the Domestic War on Terror, la construcción social y política del racismo en el periodo posterior al 11 de septiembre se ha atenido en parte a traducir "marcadores culturales ligados a lo musulmán (formas de vestir, rituales, idiomas)… en significantes raciales".

Esta constante fabricación de controversias constituye un ritual por el que puede estereotiparse otra dimensión más de la vida musulmana, presentarla a examen público y señalarla como un problema que requiere una absoluta intervención política. Se pueden generar símbolos continuamente, haciendo que cada marcador cultural quede  eticado como otra prueba más de las excesivas demandas de los eternos extranjeros para con un "anfitrión" tolerante en demasía.

Mucha de esta política de hacerle el caldo gordo al cerdo, que se está volviendo más preponderante por toda Europa Occidental, es oportunista. Por ejemplo, Heinz-Christian Strache, del Partido de la Libertad austriaco, que en 2012 colgó una caricatura antisemita en su página de Facebook, difundió también una foto de él mismo con un cochinillo asado y un pie que rezaba: "Isst du Schwein, darfst du rein" (Puedes entrar si comes cerdo).

El Partido del Pueblo Danés, plenamente entregado a una guerra cultural por los valores daneses, fue de los primeros en sumarse al bienestar animal con el fin de hacer campaña contra la carne halal y lleva mucho tiempo tratando de politizar el suministro de opciones halal en guarderías como "adopción forzosa" de la tradición musulmana. 

Cuando se informó el verano pasado de que algunas guarderías infantiles de Copenhague, tras consultar con los padres, habían dejado de servir productos porcinos, el PPD se quejó de discriminación de la cultura alimentaria danesa. La intensidad del debate que se produjo – y de la acusación de que sólo el PDD hablaba en nombre de la mayoría silenciosa victimizada por minorías con las que se mostraba excesiva indulgencia – dio pie a la primera ministra socialdemócrata, Helle Thorning-Schmidt, a la absurda afirmación pública de la importancia de las albóndigas para la cultura y la identidad danesas.

Que una política de centroizquierda declare su fidelidad a un producto cárnico constituye un efecto previsible de la política europea de integración del último decenio. La integración, pese a todo lo que sugiere de un proyecto nacional de peso, resulta en la práctica una serie de exigencias públicas: tienen que hacer esto, no tendrían que hacer aquello. La política de integración responde a las preocupaciones de la era neoliberal produciendo problemas simbólicos que pueden arrostrarse políticamente mediante acciones simbólicas que no cuestan nada.

Sin embargo, nunca les sale gratis a quienes se racializa como problema. Así, por ejemplo, es en este contexto donde se ha desarrollado un género de acción directa centrado en imponer simbólica y físicamente productos de cerdo a los musulmanes. El grupo francés "antirracismo antiblancos" Bloc Identitaire ha ocupado mezquitas e intentó organizar una marcha de respuesta contra el "rechazo racista" de los musulmanes a comer cerdo.

En lo que se describió después, como era de prever, como una broma, el Vlaams Belang flamenco asaltó una celebración gastronómica en una escuela de Schoten y les metió a algunos niños salchichas de cerdo en la boca. Cuando algunos jóvenes de Helsinki con iniciativa quisieron humillar a un solicitante de asilo afgano que llevaba treinta días en huelga de hambre delante del parlamento finés, se grabaron en video invitándole a calentarse las manos sobre una hoguera antes de asarse en ella unas salchichas.

El cerdo se ha convertido en un meme racista, continuamente adaptado mediante prácticas de hostigamiento: ha habido cabezas de cerdo clavadas en las puertas de las mezquitas, sobres con restos de cerdo enviados por correo, tiras de jamón con las que se frotan los pomos de la puertas, lonchas de jamón metidas en los zapatos de los fieles mientras rezan…

Este es el contexto político en el que intenta inscribirse la política de Le Pen de denuncias en torno al cerdo, pese a todas sus elevadas apelaciones a la República. Y cuando se haya agotado el cerdo, aparecerá una nueva afrenta o una ardiente fuente de resentimiento.

Gavan Titley es profesor de Estudios sobre Medios de Comunicación en la Universidad Nacional de Irlanda en Maynooth y coautor de The Crises of Multiculturalism: Racism in a Neoliberal Age (Zed, Londres, 2011).

Fuente; SinPermiso

jueves, 24 de abril de 2014

Italia: La democracia átona

 

IL CAVALIERE

 

Rossana Rossanda

La asignación de Silvio Berlusconi a los servicios sociales legitima políticamente al Cavaliere, que podrá tranquilamente hacer campaña electoral para las elecciones europeas. Reina soberana una atonía democrática.  Y cubre también las mofas de la ministra Boschi contra los juristas "saboteadores de las reformas"

Nos hemos enterado esta mañana, a pocos días de la fecha en la que la magistratura milanesa debería definir a los términos de la ejecución de una pena decidida hace cerca de siete meses para Silvio Berlusconi, que se han orientado a asignarlo a una actividad en los servicios sociales (cuya naturaleza sigue siendo obscura) que, de todos modos, no le impediría hacer política, incluyendo la campaña electoral para las elecciones europeas. Si es cierto, sería una verdadera y auténtica tomadura de pelo. En realidad, el problema con el Cavaliere es su ingerencia de más de veinte años en la esfera pública; a nadie le interesa, todavía menos a quien esto escribe, desde siempre poco persuadida del papel educativo de la cárcel, poner límites a su libertad personal física, tanto más dada su edad, sino impedirle precisamente una función política por los delitos cometidos contra la fiscalidad del Estado y por la manipulación de un juez. 

Resulta además asombroso cómo la prensa libre no sólo parece no tener nada que decir sobre la legitimación del Berlusconi político sino que no ha comentado los términos con los que la señora Boschi ha insultado a Rodotà, Zagrebelski y, en general, a los juristas, como saboteadores de las magníficas reformas que querría realizar Renzi.

Reformas más enunciadas que concretadas. En el tema del trabajo, un retrasado y permanente zig-zag de posiciones parece llegar, con el acuerdo del ministro Poletti, a una mayor precarización del contrato de trabajo; por lo que respecta a la ley electoral, la propuesta es en muchos aspectos inadecuada para la severa admonición del Tribunal Constitucional y de hecho está bloqueada por el momento; y la tercera y proclamada reforma consistiría en la pura y simple transformación del Senado en una asamblea ya no electiva, con nulos poderes de hecho, o por lo menos, menos que modestos. 

Y sobre este fondo de atonía democrática es donde se multiplica el vocerío del equipo de Matteo Renzi, rebautizado  – siempre por la prensa libre – “Matteo”, definición que durante cerca de dos mil años, se ha referido exclusivamente al primero de los evangelistas. Parece una pésima comedia.

Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso

lunes, 7 de abril de 2014

Suárez: el Secretario General del Movimiento y la democracia

 

“"

“Puedo prometer y prometo”

 

Xavier Domènech

 

 

Un héroe trágico El 29 de enero de 1981, el Presidente del Reino de España, Adolfo Suárez, presentaba su dimisión. Se había quedado solo. La Unión de Centro Democrático (UCD), el partido “moderado” que él mismo había puesto en pie, era poco más que un avispero para su fundador. Los militares, que se sentían traicionados por sus promesas incumplidas, lo querían sí o sí fuera del gobierno. Pero fue sobre todo el deterioro de su relación con el Rey, ese Rey que ahora nos explica que la transición la “impulsamos Adolfo y yo”, lo que acabó por dar la puntilla final a su presidencia. Hacía tiempo que el monarca quería su dimisión. El último gran desencuentro entre ambos se había producido poco tiempo atrás a cuenta de la elección del General Armada como segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército. Suárez se negaba a aceptar el nombramiento del que posteriormente se convertiría en el Elefante Blanco del 23F, pero finalmente la voluntad del Rey se impuso por encima del que poco después dejaría de ser Presidente. Se buscaba un golpe de timón ante un proceso de cambio político demasiado abierto y era el momento de prescindir de unos de sus timoneles por arriba. Nuestro pequeño y audaz Maquiavelo, más táctico que estratégico, quedó absolutamente abandonado. Abandonado primero por los suyos y después por el propio pueblo que, según nos cuentan, lo seguía a pies juntillas, cual flautista de Hamelín, fascinado ante un político de tamaña osadía que se sacrificó porque los amaba tanto. En su nueva aventura, con la creación del Centro Democrático y Social, Suárez solo consiguió dos diputados en las elecciones generales de 1982. De hecho, a pesar de todos los mitos, cuando en 1985 se realizó una encuesta del CIS en la que se preguntaba a quién se debían las libertades, sólo un 13% de los españoles apuntaron a sus dirigentes, mientras que un 55% las atribuyó a las movilizaciones populares. Fue precisamente a partir de esos años cuando se empezó a intensificar el mito de la transición para ahogar otro posible mito, el de la calle, en tiempos en que el conflicto social era culpabilizado como el principal freno de la modernización. La leyenda de Suárez contiene en sí misma elementos de una construcción precaria. Ahora mismo estamos bañados en ella, como una forma específica de reedición del mito de la transición, tan intensa como es su crisis real en nuestro propio presente. Su construcción hagiográfica es de todas formas tardía en relación con la propia articulación memorial de la transición y establece una relación compleja con la misma. Más cuando muchos de los constructores del mito de la transición ya en los años ochenta habían sido a su vez los sepultureros políticos de Suárez. Fue precisamente desde su olvido personal, a partir de una enfermedad que afecta precisamente a la memoria, que empezó su activación. Hay en este sentido un cruce entre la famosa fotografía realizada en 2008 de Suárez con el Rey, de un Suárez que ya no recordaba prácticamente nada y era recibido por aquel que no quería recordarlo todo, y la publicación poco después del libro de Javier Cercas Anatomía de un instante. Libro que significó el espaldarazo final a la construcción de la leyenda de Suárez como el gran héroe trágico, incomprendido por sus contemporáneos, engrandecido por la posteridad, ya que él en su audacia de llanero solitario pertenecía al futuro y no al pasado. Había también una coherencia profunda en esta construcción que iba más allá del propio Suárez. En Soldados de Salamina también de Cercas ya encontrábamos las semillas de la recuperación de ese fascismo fascinante, en la historia novelada del cofundador de Falange y futuro Ministro de Franco Rafael Sánchez Mazas que para el autor contenía en su vida cristales de la futura Reconciliación Nacional. Poco después éramos invadidos por la recuperación de fascistas “liberales” (un oxímoron realmente digno de consideración) como los verdaderos iniciadores del camino hacia la democracia, en una operación muy al gusto de ciertos grupos mediáticos. Historia que con Adolfo Suárez penúltimo Secretario General del Movimiento, es decir de la Falange en el poder, se coronaria en ese absurdo que hace del fascismo el origen de la democracia. En este último caso, si se quiere como héroe trágico y audaz condenado a la soledad entre los suyos, como político incomprendido, como mito para nuestro presente. Pero Suárez ni fue un llanero solitario, ni tan siquiera un avanzado a su época, sino un producto genuino de la misma y de las gentes que los pusieron en el lugar que lo pusieron, para luego abandonarlo. Causas y consecuencias: entre la calle y el palacio La transición española como período histórico mantiene un especial carácter en relación con nuestro propio presente. No es sólo un tiempo dejado en manos de la historia, y por ello la articulación de su memoria pública se debe más a periodistas y políticos que a historiadores, ni tan siquiera en las de una memoria democrática ya cerrada, sino que es considerado el período genético de nuestro sistema político. En este sentido su construcción como mito es a su vez una construcción normativa sobre actitudes políticas y sociales, un espacio que incluye aquello que se considera legítimo a la vez que excluye todo aquello que se considera ilegitimo. Y esto es así tanto para aquellos que hacen de este mito su principio de acción, como para aquellos que intentado atacar ese mito no hacen sino reconstruirlo alimentado el espejismo de su poder, confundiendo el propio mito con la realidad. El proceso de cambio político se inició con una serie de primero pequeñas mutaciones en las formas de acción política y social en la década de los sesenta, que interactuaron con las dinámicas internas de la dictadura y las externas al régimen en el seno de la sociedad, hasta devenir finalmente un torrente incontrolado en los setenta. Pero una cosa es el proceso y otra muy distinta el mito. Éste fue objeto de construcción y densificación, más allá de las narrativas puestas en juego en los años setenta, en los años ochenta. Liberar en este sentido al proceso de su mito es liberar también a todas las realidades, tensiones y potencialidades del cambio político de las narrativas, legitimidoras y deslegitamadoras, que no hacen sino enterrarlas. De hecho, la misma definición de la transición está marcada por su carácter normativo. No hay casi posibilidad para ponerse de acuerdo sobre su inicio, ni sobre su final, ya que esa delimitación hace y deshace legitimidades alternativas. Su definición como período histórico, separado del franquismo y del sistema democrático, equiparando así dos sistemas políticos, culturales y sociales a un proceso, conlleva en este sentido una serie de cargas inherentes que no se pueden desconocer. Se supone así que conforma un momento autónomo definido precisamente por su carácter transitivo. No se trata tanto de lo que sucedió realmente durante ese tiempo mal definido, sino de cómo devino. Se define así por su final. Todo lo que no explica ese devenir, y ese final, todo lo que muestra posibles vías diferentes o realidades contradictorias con ese final, deviene así menor o tratado como un accidente. Se esconde así el proceso y los agentes reales del cambio político que se gestaron en el período franquista, que no terminó con la muerte de Franco (confundir Franco y franquismo siempre ha sido en este sentido una confusión interesada), sino con la instauración de un nuevo sistema político. Esta construcción de la transición a su vez como período en si mismo y, de forma relacionada, como mito contiene muchas y variadas implicaciones. Pero nos detendremos sólo en dos que tienen consecuencias directas en la construcción de la leyenda alrededor de la figura de Adolfo Suárez: a la primera la llamaremos el efecto túnel de lavado y a la segunda la conversión de causas en consecuencias. En el primer sentido, la definición de la transición precisamente como período que transita hacia un final, en este caso la democracia, presuponiéndose que esa línea ya se encuentra presente en su inicio, y en ese sentido conforma un período coherente en si mismo, decanta rápidamente la sustitución de las legitimidades de origen de las elites políticas por las legitimidades de ejercicio en relación de nuevo al final del período. Así Manuel Fraga Iribarne no sería uno de los más destacados ministros de la dictadura, ni tan siquiera el Ministro de Gobernación cuando sucedieron los muertos de Vitoria en 1976, sino uno de los miembros reformistas del primer gobierno de la transición (ya no de la dictadura) que habría llevado la democracia a España; Juan Carlos I no fue tampoco un monarca instaurado por uno de los dictadores más sanguinarios del siglo XX, saltándose la misma legitimidad sucesoria monárquica que recaía en su padre en el exilio, que juró lealtad a los principios fundamentales del Movimiento, sino el dirigente clarividente que aportó luz a una tierra carente de ella; y, finalmente, en el caso que nos ocupa, Adolfo Suárez no era ese Ministro Secretario General del Movimiento que se oponía durante el primer semestre de 1976 a cualquiera de los proyectos de transformación del régimen, que no de liquidación de la dictadura, ya fueran los de Garrigues o los del mismo Fraga, sino el sagaz piloto del cambio. La transición es así en si misma una construcción desmemoriada y desmemorizadora que restaura legitimidades y echa al olvido todo aquello que no es congruente con las mismas. Pero quizás donde estos efectos de la construcción de la Transición contienen mayores consecuencias para nuestro presente y para la comprensión de la figura de Suárez, es en la conversión de las consecuencias del cambio político en causas del mismo para reforzar su propia legitimidad. La consolidación de la monarquía, con problemas para perpetuarse más allá de la dictadura, el papel dominante de las elites por encima de los agentes sociales, de los líderes políticos por encima de sus organizaciones o el discurso de la moderación, fueron consecuencias del cambio político, cierto. Pero ser el resultado de un proceso no te convierte en su activador, ni siquiera en su conformador. El proceso no se desencadenó como un encuentro entre elites, las del régimen y las de la oposición, como tampoco se inició a partir de las contrastadas credenciales democráticas de aquellos que habían sostenido la dictadura. La primera batalla de la transición, en palabras del Gobernador Civil de Barcelona en 1976, “fue la batalla de la calle”. Esa calle que para Fraga era “mía”, es decir del franquismo, como forma de controlar a falta de cualquier mecanismo democrático que se produjera un plebiscito público sobre qué quería la gente. Y esa batalla el régimen la perdió. El primer semestre de 1976, en un país donde el derecho a huelga y a manifestación no sólo estaba prohibido sino que en algunos casos podía conllevar la tortura y la muerte, España se puso al frente de la conflictividad europea. Huelgas generales como las trece vividas en Vizcaya, las de Córdoba, Sabadell o el Baix Llobregat, tan sólo eran la punta del iceberg de un proceso profundo que estaba atravesando toda la sociedad. De hecho, esas huelgas, y el modelo de oposición gestado con anterioridad, consiguieron que en un momento de fuerte crisis económica se produjera una intensa alza de los salarios reales. Pero si ese fue su resultado social, sus resultados políticos crearon un escenario de bloqueo. La oposición podía ocupar la calle, pero no el poder, ya que a diferencia de la revolución portuguesa de 1974 no contaba con ninguna alianza posible en el seno de las Fuerzas Armadas, fieles hasta al final a la dictadura. El régimen podía mantenerse en el poder, pero era incapaz de gobernar el país. Ese escenario planteaba al Rey un dilema crucial. No entre dictadura o democracia, sino sobre en torno a la posibilidad de consolidar la monarquía o no (no está de más recordar que todos los Borbones desde Fernando VII han probado las hieles del exilio). Necesitaba recuperar la iniciativa política para no quedar ahogado en un proceso desbordante. Necesitaba, en este sentido, una figura que reuniera las cualidades de fidelidad a su persona y legitimidad dentro del franquismo para iniciar el desbloqueo de la situación. Para ello no servían ni Fraga, ni Areilza, las dos principales figuras del reformismo dentro del franquismo, ya que despertaban tanto recelo en sus filas como proyecto propio tenían. Finalmente, la elección inesperada del nuevo Presidente del Gobierno en julio de 1976, a partir de los mecanismos electivos propios de la dictadura, recayó en Adolfo Suárez. Suárez era en 1976, según Javier Tusell, “una persona inequívocamente identificada con el Movimiento”. De hecho era su máximo dirigente y desde allí controlaba todo su poder institucional y mediático que no era poco. Pero a su vez también era, en las propias palabras del futuro presidente del gobierno, “un chusquero en política”, sin una trayectoria política de largo recorrido, sin un padrino fuerte que le protegiera después de la muerte de Herrero Tejedor, pero capaz de muestras de fidelidad inconfundibles hacia Juan Carlos. En este sentido su elección tranquilizaba al personal político franquista, era claramente uno de los suyos y como tal aseguraría su pervivencia, y a la vez permitía asegurar el proyecto de la monarquía. Éste no era otro que consolidar la institución y si para ello hacía falta la democracia, como se hizo claro finalmente, bienvenida fuera. Con Suárez se podía encontrar alguien dispuesto a iniciar un camino de recuperación de la iniciativa política, llevándose con ella a parte del régimen. Y así fue, pero ello no se podía hacer sin asumir una parte del programa de la oposición antifranquista. En este sentido, la primera medida que tomó el nuevo gobierno en julio de 1976 no fue otra que el Decreto-Ley de Amnistía para los presos políticos antifranquistas. Lo que vino después fue una alocada huída siempre hacia adelante, que tomó forma de operación, incluyendo la legalización de los partidos políticos, exceptuando los republicanos que no pudieron presentarse a las elecciones de junio de 1977 para no poner en peligro precisamente a la monarquía, y la celebración de unas elecciones pluripartidistas por sufragio universal sin restos de ningún tipo de representación orgánica. Ello no se encontraba en ninguno de los proyectos del reformismo franquista y no fue otra cosa que una imposición de las gentes que ocuparon las calles. No de la forma soñada eso es cierto, pero tampoco nunca soñada por los franquistas. De hecho, si la movilización de 1976 marca el inicio del fin de la dictadura, también el resultado de las elecciones de 1977 fue una sorpresa para los jerarcas del régimen. Después de más de casi cuarenta años de dictadura, de control de los medios de comunicación, de control y adoctrinamiento educativo y de represión, ganaron las elecciones, pero no obtuvieron la mayoría electoral. Entre la Unión de Centro Democrático articulada desde el poder por el mismo Suárez y la Alianza Popular dirigida por Fraga obtuvieron el 43% de los votos, mientras que los partidos que venían del campo del antifranquismo en su conjunto agrupaban el 49,2%. Y entonces pasó lo que no estaba previsto por la última ley fundamental de la dictadura, la Ley de la Reforma Política, esas Cortes se declararon ilegalmente constituyentes. Se produjo así la ruptura jurídica con la dictadura, aunque eso no fue seguido de otras y fundamentales rupturas. El papel de Suárez en este proceso fue posible sólo a partir de una gran autonomía de la esfera política respecto a otras instancias de poder, que en ciertos momentos le llevó a confrontaciones con el ejército o los mismos poderes económicos, posibilitada por la intensidad del conflicto entre las fuerzas en pugna. El proceso acabó con el franquismo, pero preservó gran parte de su personal político que en algunos casos salió del mismo con una nueva legitimidad renovada, los aparatos de coerción, las fuerzas armadas y la judicatura franquistas no sufrieron ninguna depuración, y, finalmente, la monarquía pudo consolidarse como institución. Pero si ello era debido a la capacidad de iniciativa política que mostró una parte del régimen, el final de la dictadura sólo es atribuible a la calle. El proceso constituyente se impulsó desde abajo, aunque se controló desde arriba. La autonomía de Suárez en todo esto fue, de todas formas, una autonomía relativa. Su papel consistió en asegurar siempre, en cada nueva huída hacia delante, la preeminencia de la iniciativa política por parte del franquismo y la monarquía. Pero cuando los ritmos sociales se desaceleraron, cuando llegó el gran frenazo, su figura quedó suspendida en el aire: ya no era útil. Ahora, es verdad, parece haber recobrado utilidad en forma de leyenda. Pero el mito se articula y se difunde desde el palacio, mientras que la dignidad y la libertad se construyen desde la calle. Ahora, como antes, el mito es un intento de transfigurar la realidad.

XavPolítica, Españaier Domènech es historiador y profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Fuente: www.sinpermiso.info

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martes, 18 de febrero de 2014

GRIETAS EN EL DISTRITO RIN




 

Grietas en el Eurodistrito del Rin

Rafael Poch | 17/02/2014
El referéndum de Suiza contra la emigración de la UE solo es un síntoma de cómo el proyecto europeo, socialmente devaluado por la crisis y sus estafas, pierde cohesión y base social.
La frontera  de Saint Louis, junto a Basilea
EL EUROPÍSMO SE DERRUMBA EN ALEMÁN
 
La frontera de Saint Louis (en Francia), junto a Basilea (Suiza) / Foto: Rafael P. de Feliu
Esto era la granja modelo de la Unión Europea: tres países, Francia, Alemania y Suiza, dos de ellos enemigos históricos y hoy pilares de la UE, y el tercero históricamente neutral y hoy con acuerdos estrechos con Bruselas, conviviendo, sin fronteras y con infraestructuras comunes, alrededor del Rin: el corazón de Europa.
Es el llamado “Eurodistrito del Rin” o “Aglomeración trinacional de Basilea”, con 2,3 millones de habitantes de las tres naciones. A un lado la ciudad suiza, sede de importantes industrias, al otro Saint Louis, villa francesa de la alta Alsacia, y un poco más allá Lörrach, parroquia de Baden-Württemberg, el estado más boyante de la dominante Alemania. Todo en razonable armonía. Y en eso llegó el referéndum suizo.
El día 9 los suizos aprobaron en consulta limitar la emigración europea, renegociando los acuerdos vigentes establecidos en la materia con la UE. El mandato, que habrá que ver cómo se aplica, contempla el establecimiento de unas cuotas de emigración dentro de tres años. La UE, que cada vez más se comporta como un imperio arrogante y autoritario ha recibido una bofetada de la pequeña Suiza. ¡Intolerable!
En la prensa alemana se lee que en el referéndum de Suiza, “ha ganado la estrechez de miras y la cerrazón” y ha perdido, “la tolerancia y la justicia”. La canciller Merkel ve “importantes problemas”. En Bruselas se enfadan, congelan acuerdos y amenazan con represalias.
Nadie parece ser consciente del espejo que ese referéndum, en el que indudablemente la derecha suiza ha capitalizado un resentimiento nacional hacia ciertos deterioros, ofrece a toda Europa y en primer lugar a Alemania.
Desayuno
Desayuno en Saint Louis, 20.000 habitantes y una calle sin gracia que acaba en la frontera. Bajo las banderas de Francia y Suiza un edificio de aduanas abandonado desde 2008 y con las ventanas polvorientas. Edouard Dombó es uno entre las decenas de miles de franceses que atraviesan diariamente esta frontera para trabajar en Basilea. Treinta años en “Swiss Metall”, una empresa metalúrgica que fabrica piezas para relojes. La empresa la han comprado los chinos que se van deshaciendo poco a poco de la plantilla. “Alguno de mis compañeros se ha suicidado”, dice. Ya sesentón, él se ha podido jubilar. El referéndum del domingo va a cambiar aún más el ambiente hostil hacia los “frontaliers” (en alemán “Grenzgänger”, en italiano “frontalieri”) los que atraviesan cada día la frontera para trabajar en Basilea, explica. “Mi hijo, que nació en Suiza se ha encontrado con que esta semana le han puesto problemas para obtener el pasaporte suizo, le han dicho que hay que esperar a ver qué pasa”. “Todo esto no anuncia nada bueno para Europa”, dice Dombó, nacido en Martinica y votante de François Hollande. ¿Decepcionado?, “claro, pero, ¿qué se podía esperar de Hollande? Todo esto supera a los políticos. Tampoco Obama ha podido cambiar nada en Estados Unidos”, dice. “El euro lo desordena todo, esto no hay quien lo arregle”, concluye encogiéndose de hombros.
En la sede del Comité de defensa de los trabajadores del Alto Rin (CDTF) la organización de los frontaliers, los teléfonos no paran de sonar. “El referéndum ha sido una bêtise total”, dice Jean-Luc Johaneck, presidente de la CDTF.  “Ante la crisis todo el mundo tiene miedo y éstas son las reacciones”, explica. “Va a ser muy difícil aplicar el resultado del referéndum porque Suiza necesita esa mano de obra”, pronostica Johaneck.
Almuerzo
Almuerzo en Basilea, magnífica ciudad. En su catedral gótica, tumbas de comerciantes burgueses judíos del siglo XVI junto a las de la aristocracia y el clero local. La industria de Basilea es enormemente dependiente de los “frontaliers /Grengänger” para su funcionamiento. Por eso, la ciudad ha sido, junto con Zurich y el cantón de Zug (sede de empresas fantasmas), el único de la Suiza alemana donde no ganó el referéndum.
“La consulta no va a tener incidencia inmediata, todo dependerá de cómo el gobierno aplique su mandato”, dice Katrin Bauman, jefa de recursos humanos de “Bell”, primera empresa suiza de procesamiento de carne. Con 3000 empleados en el país, “más del 60%” de la plantilla empleada en producción de la fábrica de Basilea son “frontaliers”, dice Bauman. La fábrica se ve desde la frontera y en su parking la mitad de los coches son de matrícula francesa. Al lado de “Bell” hay una fábrica del gigante Novartis, segunda empresa farmacéutica mundial. Su sede es Basilea, pero su contabilidad se hace en Chequia. Sin los extranjeros, y especialmente contra Europa, Suiza se hundiría económicamente. El pequeño país recibe de Europa la mitad de sus inversiones y le vende dos tercios de sus exportaciones. Para muestra el queso.
“Europa absorbe el 80% de la exportación de nuestro queso, que podría pagar la factura de la limitación de la emigración”, dice Manuela Sonderegger, portavoz de Switzerland Cheese Marketing. La mayor parte del emmentaler, gruyère y del apenzeller se vende en Alemania, Italia y Francia, explica.
Té a las cinco
Té vespertino en Lörrach, 48.000 habitantes. Un centro histórico antiguo destrozado por el comercio y por un sentido práctico germano sin la menor concesión a la estética. Aquí son 50.000 los alemanes que atraviesan cada día la frontera hacia Suiza para trabajar. Gracias a la tacañería salarial alemana, médicos y enfermeras ganan más del doble en Suiza. En Lörrach una enfermera gana, con suerte, 1500 euros, en Suiza 4000 francos, equivalentes a 3200 euros. En el Tesino, en la suiza italiana, una secretaria de abogado gana 3100 euros, en Italia un abogado joven, si encuentra trabajo, unos 1500. En Francia el salario mínimo es de 1700 euros. Y la diferencia va en aumento: en Suiza en mayo se votará, en otro referéndum, el establecimiento de un salario mínimo de 3300 euros. Más franceses, alemanes, e italianos, querrán ir a Suiza.
“Aunque el referéndum no tendrá una consecuencia inmediata, habrá una reacción de la UE y probablemente empeorarán las relaciones con Suiza y la actitud negativa hacia los extranjeros”, pronostica la alcaldesa de Lörrach, Gudrun Heute-Bluhm. “Quien contribuye al bienestar de un país debería sentirse bien acogido”, sentencia. La frase es buena, pero de aplicación universal.
Tal como están las cosas, cualquier sociedad europea habría respondido igual a la misma pregunta. En Alemania, por ejemplo, las encuestas arrojan una mayoría de adversarios y críticos con la emigración. Pero la diferencia entre Suiza y suis grandes vecinos no es solo los más desarrollados procedimientos de democracia directa y consultas vigentes en ese país.
Hartazgo suizo
El dato central de la emigración en Suiza es su importancia, muy superior a la de los grandes países europeos: De los casi 8 millones de habitantes de Suiza, 1,8 millones son emigrantes. En Suiza hay un 23% de emigrantes, tres veces más que en Alemania donde representan un 8,2% de la población. En el cantón suizo de Tessino, de 300.000 habitantes, cada día vienen a trabajar 60.000 “frontalieri”. Traducido al alemán es como si cada día vinieran a trabajar a Baviera 2,5 millones de checos.
A pesar de la enorme diferencia de magnitud, la derecha alemana se declara inspirada por el referéndum suizo: tanto representantes de la CSU bávara como de los euroescépticos deAlternative für Deutschland, dicen querer seguir su ejemplo.
En 40 años, la población suiza casi se ha doblado. Desde la entrada en vigor del acuerdo con la Unión Europea en la materia, en 2002, hay un flujo anual de 80.000 europeos que se instalan en Suiza, diez veces más de lo que esperaba el gobierno, y más gente de la que entra en España o casi lo mismo que en Francia, países diez veces mayores.
Entre el 30% y el 40% del personal en el ámbito de la sanidad y la asistencia es extranjero, frecuentemente alemanes mal pagados en su país. La situación no es muy diferente en otros sectores como la hostelería, el turismo y las universidades. Casi dos tercios de los profesores de la Universidad Técnica de Zurich (ETH) son extranjeros.
En ese contexto la derecha suiza no ha necesitado gran esfuerzo para atribuir a los extranjeros los cuellos de botella en la asistencia sanitaria, los atascos de tráfico y hasta la especulación y degradación del paisaje resultado del aumento de población y la metástasis de infraestructuras de transporte.
Al lado de la realidad suiza, la histeria que se ha organizado en Alemania alrededor del supuesto “turismo social” de rumanos y búlgaros, es notable. Desde que los ciudadanos de esos dos países pueden circular libremente, “en Alemania no ha habido un gran incremento del flujo ni se espera”, dicen en el consulado rumano de Berlín. Los rumanos y búlgaros que vienen a Alemania tienen mayor formación que el alemán medio (un 19% con estudios universitarios, frente al 14% alemán) y su peso entre los receptores de ayuda social es ridículo: un 0,7%.
No solo Alemania, sino Europa entera achaca a Suiza lo que ella misma practica, y con una brutalidad bien cruda, con los extracomunitarios, e incluso con los pobres del maltrecho club continental cada vez más dividido en categorías.
El problema que contiene el referéndum contra la emigración de Suiza supera con creces la cuestión del denostado “populismo” y apunta hacia algo mucho más profundo. Privada o mermada en su estado social, que era la base de su consenso civil, y convirtiéndose a marchas forzadas en un club oligárquico y autoritario con cada vez más desigualdades (entre sectores sociales y entre países), Europa se agrieta y pierde su base social. Con más explotación y más desigualdad Europa, simplemente, no vale la pena. Lástima, porque la integración de sus naciones era un buen paliativo para su histórica agresividad dominadora, por lo menos de puertas adentro.
“Fuck the EU”
Ante el retroceso del bienestar que la crisis introduce, los ciudadanos redescubren sus estados nacionales como retaguardia. El resultado es algo parecido a esa vulgar expresión que la vicesecretaria de Estado norteamericana, Victoria Nuland, dedicó a Bruselas/Berlín por no contribuir lo suficiente al cambio de régimen en Ucrania: “Fuck the EU”.
Eso es lo que han dicho los suizos, han mandado a hacer puñetas a la UE, pero sobre todo es lo que está en el ambiente en muchos países de Europa, un descontento que seguramente irá a más y que a falta de alternativas sociales y democratizantes desagua casi exclusivamente hacia la derecha política.
Polonia tiene problemas con la política medioambiental europea, Alemania quiere abrir su mercado de trabajo restrictivamente solo a la mano de obra cualificada y al final se verá tentada por crear su Kerneuropa, un club de países pata negra, en la Europa del sur se querrá renegociar la deuda, en el Reino Unido el “Fuck the EU” es programa político idiomáticamente literal… Todo el mundo quiere cambiar los torcidos contratos de un club y una moneda que tienden a ser vistos como vacas sagradas a las que hay que sacrificar el nivel de vida.
En su torre de marfil los señores de Bruselas y Berlín, parecen ignorar que el “proyecto europeo” se va al garete desde el mismo momento en el que las solidaridades (o aparentes solidaridades) y bienestares que contenía su promesa se han disuelto.
El primero en decir el “Fuck the EU” fue el propio gobierno alemán, al cerrarse en banda en el otoño de 2008 a cualquier solución solidaria del desbarajuste bancario-financiero. En lugar de eso se optó por una estrategia nacional-oligárquica para que la banca, en primer lugar  alemana y francesa, cobrara íntegramente sus deudas a costa de las clases medias y bajas. Deudas contraídas financiando estúpidas especulaciones -en el caso del ladrillo de España, Estados Unidos o Irlanda- con los enormes capitales del excedente comercial exportador, logrado a su vez,  en gran parte, con una tacañería salarial que desestabilizó a los socios.
Tras aquel primer corte de mangas al “proyecto europeo”, siguieron otros, todos antisociales y autoritarios; se cambiaron constituciones en 24 horas, se fulminaron primeros ministros por proponer referéndums (Papandreu) o por replicar (el impresentable Berlusconi), y se les sustituyó por gente de la banca; se fustigaron y reprimieron movimientos sociales como los de Grecia, España, Portugal y otros que protestaban contra la estafa (mientras se aplaudía el de Ucrania por consideraciones imperiales). Después de todo eso nadie puede extrañarse de la reacción. Suiza forma parte del mismo reflejo contra una UE crecientemente desagradable, pero seguramente será Francia la que genere el Fuck the EU más decisivo…
Hay que espabilarse para que todo ese malestar, de base completamente racional, no lo monopolice la derecha y conduzca al continente hacia un universo pardo


lunes, 10 de febrero de 2014

La calle y su propiedad

 

Jordi Borja · · · · ·

Gamonal, se apropió de SU CALLE.

 

¿De quién es la calle? ¿Quién hace la calle, quién la usa, para qué sirve? Un ministro del Interior español ante la convocatoria de manifestaciones aulló “la calle es mía”[1]y reprimió violentamente a una concentración pacífica. La respuesta fue que al domingo siguiente la ciudadanía de las principales ciudades españolas ocupó las calles para afirmar que la “calle es nuestra, es de todos”[2].

¿Qué es un puente?, se preguntaba Julio Cortázar?[3] Una persona caminando por un puente. La calle solo realiza su “ser calle” en la medida que es usada por la gente. La calle es a la vez  una realidad concreta y una metáfora de la ciudad. La ciudad concebida como espacio público, ámbito de la ciudadanía, donde ésta se expresa como colectividad humana. La ciudad es “la gente en la calle”.

El poder político, sea cual sea, teme a la gente en la calle. Su vocación es el “control”. En unos casos de una manera explícita, amenazadora, violenta.[4] En otros casos de forma indirecta priorizando la circulación, el diseño de espacios públicos que no permitieran las concentraciones —mediante zonas ajardinadas, por ejemplo—, permisividad ante la privatización de las calles por parte de los propietarios u ocupantes de los inmuebles adyacentes, supresión de elementos de mobiliario urbano que permiten la convivencia y el diálogo entre personas (por ejemplo, los bancos), etc. Lo cual se completa con normativas de carácter represivo en aquéllas zonas más sensibles para el poder político. La gente en la calle es un potencial contrapoder. El Zócalo de Ciudad de México, la plaza emblemática que simboliza el alzamiento por la independencia, fue hasta los años 90 el espacio del poder establecido en el que estaban prohibidas las concentraciones ciudadanas. El diseño urbano en muchos casos tiene en cuenta esta voluntad represiva sobre la ciudadanía. Un caso muy evidente es el plan de Haussmann para el París  de la segunda mitad del siglo XIX: las grandes avenidas facilitaban el uso de los carros militares y hacían poco eficaces las barricadas.

El espacio público es objeto de interés por parte de los intereses económicos. No nos referimos ahora al uso de la calle para actividades privadas lucrativas: terrazas, ambulantaje,  publicidad,  etc. Se trata de usos que si son limitados pueden ser compatibles con los diversas formas de utilizar el espacio público. Nos referimos al interés de los inversores y especuladores urbanos que pretenden apropiarse de espacios de vocación pública para aumentar un suelo valorizado, lo supresión de aquello que consideran desvalorización del entorno (como la presencia de población de ingresos bajos o de colectivos sociales que no complacen a los sectores altos) o la privatización de facto de espacios públicos reservados a los propietarios del entorno construido. Uno de los argumentos que “legitiman” estas operaciones es la “ideología del miedo”, la obsesión securitaria, que justifica eliminar la presencia pública de las “clases peligrosas”, como los jóvenes, los inmigrantes o los pobres.[5]


En España recientemente se han multiplicado las ocupaciones del espacio público como expresión de malestar social y la protesta contra las políticas gubernamentales. Los  “trenes de la libertad” que salieron de las principales ciudades españolas llevaron a Madrid decenas de miles de mujeres (principalmente) que junto con la ciudadanía madrileña ocuparon el sábado 1 de febrero todo el centro de la capital. Unos días antes la “marea blanca” de los trabajadores de la sanidad que habían multiplicado su presencia en las calles consiguieron que el gobierno hiciera marcha atrás en su intento de privatizar los hospitales públicos. Y recientemente en Burgos los habitantes de un barrio periférico, Gamonal, ocuparon la calle principal que les comunicaba con la ciudad. En este caso la motivación popular parece contradecir la argumentación anterior sobre el espacio público como ámbito de convivencia y cohesión de la ciudadanía. Aparentemente el proyecto municipal suponía una mejora de la calidad de vida de la población residente pues creaba un espacio pacífico y convivencial. Se convirtió en un espacio de confrontación. Es también una forma de cohesión social.

La calle-carretera se substituía por un bulevar ajardinado según un proyecto de unos arquitectos considerados de la “élite divina”. Herzog y De Meuron. Autores de proyectos exitosos y costosos como la Tate Modern Gallery de Londres y el Estadio Nacional de Pekín para los Juegos Olimpicos  así como del fracasado Edificio Fórum de Barcelona, enorme caja azul destinada a grandes eventos y más propia para una megadiscoteca de los años 60.  Una de sus obras más recientes es El Punto, Mega Centro Comunitario-Religioso en Ciudad Juárez. El Gamonal es un barrio con altas cifras de desocupación, con desahucios, equipamientos escasos y viviendas de baja calidad. El proyecto del alcalde no era para ellos. No solamente tenían otras urgencias. Eran conscientes que los beneficiados serían otros. Una operación ostentosa y despilfarradora de los gobernantes, una revalorización del entorno sobre el que se intervenía que generaba plusvalías privadas, unas más que probables comisiones de unos y otros. No se había contado con ellos, el alcalde les demostró su desinterés y menosprecio. Ocuparon la calle, fueron reprimidos violentamente, decenas de detenidos, resistieron y vencieron.

El caso del Gamonal es una muestra de que no basta con la calle. La calle se conquista como instrumento para otras conquistas y como bien necesario para la calidad de vida. En la ciudad todo es interdependiente. El espacio público cualificado produce un entorno  de bienes y servicios para la población, pero solamente si se tienen medios para usarlos, trabajo, ingresos suficientes, vivienda y  transportes. Hace 20 años estuve en Porto Alegre con el que era su “prefeito” (alcalde), Tarso Genro, promotor del presupuesto participativo y el Foro Social.[6], Entonces comenté la importancia del espacio público como factor de conexión y visibilidad  desde la ciudad formal del barrio  marginal en el que estábamos  y generador de bienestar colectivo. Pero él mostró su acuerdo y añadió: “Ciertamente el espacio público es necesario, pero primero hay que garantizar un ingreso básico, trabajo, vivienda, agua, lo más indispensable”.

Notas:

[1] El ministro era Fraga Iribarne, el fundador del PP, el partido de la derecha española. Ocurrió en 1976 cuando se inició la “transición hacia la democracia”.

[2] Esta frase fue el título de una  Exposición celebrada en Paris (2007) y promovida por el Instituto de la Ciudad en Movimiento. En los años siguientes, adaptada al entorno,  recorrió diversas capitales europeas, chinas y latinoamericanas. Ver los  catálogos de las exposiciones de Paris, Bogotá y Buenos Aires.

[3] Esta frase se la debo al arquitecto de Curitiba Jaime Lerner

[4] Propio de los gobiernos autoritarios. En tiempos del franquismo en España cualquier un grupo de más de 3 podía ser disuelto por las fuezas policiales. La revista Ejército (1972)  publicó una serie de artículos sobre Urbanismo y seguridad en que  proponía concentrar a los sectores populares en guetos separados de la ciudad formal y que fueran fácilmente controlados y ocupados por las “fuerzas del orden”.

[5] Un clásico sobre este tema es la obra del historiador social Louis Chevalier “Clases trabajadoras, clases peligrosas” (Paris, 1958).

[6] Posteriormente Tarso Genro fue ministro destacado de Lula y actualmente es gobernador de Rio Grande do Sul. Ha escrito diversas obras políticas y literarias, algunas traducidas al castellano.

Jordi Borja es miembro del consejo editorial de Sin Permiso

http://blogs.publico.es/dominiopublico/9030/la-calle-y-su-propiedad/ hi

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jueves, 6 de febrero de 2014

CELAC EN LA HABANA UN VIENTO DE ESPERANZA





 
LA HABANA UN PASO ADELANTE

II CUMBRE DE LA CELAC
Pedro Serrano García
Los sucesivos gobiernos imperialistas norteamericanos, han impuesto su voluntad en las naciones latinoamericanas y caribeñas durante más de dos siglos. Son innumerables las intervenciones armadas, golpes de Estado y hasta asesinato de presidentes por parte de los yanquis.
Pero Cuba y Venezuela, junto a otros gobiernos progresistas, han sabido impulsar un proceso hacia la Patria Grande. Como antecedentes de la CELAC, están: La Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo, en Salvador de Bahía, Brasil, los días 16 y 17 de diciembre de 2008. También la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, en Rivera Maya, Cancún, México. La I Cumbre de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe, se celebró en Santiago de Chile el 27 y 28 de enero de 2013.
Esta II Cumbre de Estados Latinoamericanos y del Caribe, se ha celebrado durante los días 28-29 de enero de 2014 en La Habana, Cuba, por supuesto sin Estados Unidos ni Canadá. El éxito ha sido enorme. Asistieron la mayoría de presidentes y Jefes de Estado de los 33 países miembros; a los que se unió el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon.
La Cumbre evidenció que las naciones latinoamericanas pueden andar juntas sin la tutela de metrópolis o imperios, y menos el de Estados Unidos, cuyos regímenes históricamente sembraron la división y la confrontación para ejercer su dominio sobre ellas y saquearlas.
USA ha sido como la manzana podrida en un saco que contamina a las restantes. Eso es lo que está ocurriendo en la Organización de Estados Americanos (OEA), con sede en Washington, hoy en fase de putrefacción, y sin remedio alguno.
Un analista dijo: Después de la Cumbre de la CELAC de La Habana, Estados Unidos se convirtió en el traspatio de América Latina y el Caribe. Cuanto le hubiera gustado a Simón Bolívar, José Martí y muchos otros próceres de la independencia de nuestra América, al igual que a los incansables luchadores y entrañables amigos Hugo Chávez y Néstor Kirchner escuchar esa expresión.
América Latina seguirá su rumbo en paz, con tranquilidad, en la diversidad y de manera unitaria”. De este modo respondió el Presidente Nicolás Maduro a las declaraciones emitidas por la vocera del Departamento de Estado de EEUU, que este jueves consideró como una “traición” que la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), donde no está representada ni ese país ni Canadá, realizara su II Cumbre Presidencial precisamente en Cuba. Añadió Maduro: “Que se acostumbren a respetar y traten de buscar una nueva visión sobre nuestro continente, porque con esta visión de dinosaurios no podrán entender lo que está sucediendo y, sobre todo, lo que va a suceder en nuestra vida económica, social y política en los años que están por venir”.
Aunque la región ha logrado disminuir la pobreza, ésta continúa afectando a 164 millones, 28% de su población, a la vez que 66 millones padecen indigencia, el 11.3%. Pero lo más estrujante son los 70.5 millones de niños y adolescentes en pobreza. De ellos 23.3 en pobreza extrema. Como colofón, el 10% más rico recibe el 32 por ciento del ingreso. Entretanto, el 40% más pobre recibe el 15 por ciento. Cifras que subrayan la condición de región más desigual en un planeta signado por la desigualdad. Pero se avanza, pues por primera vez existe un esfuerzo común para ponerle fin a la injusticia.
La decisión más trascendental firmada en La Habana por todos los mandatarios asistentes ha sido la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, complementaria de la zona libre de armas nucleares promovida por México en su día a través del Tratado de Tlatelolco. Consagra el principio de que los conflictos en Nuestra América se ventilarán únicamente mediante el diálogo y la negociación, quedando descartado el uso de la fuerza o la amenaza de su uso. Reivindica como principios fundamentales el de no intervención en los asuntos internos de otros Estados, el derecho a la soberanía y autodeterminación y el de darse cada pueblo el régimen económico, político, social y cultural que decidieron todos como fundamentos de la preservación de la paz y la cooperación entre los países miembros y con los demás países. Ello está complementado por el llamado a lograr el desarme nuclear a escala internacional.
Es evidente, por otra parte, que aunque no sea mencionado expresamente en la declaración, el cumplimiento cabal de esta requiere que Estados Unidos y Gran Bretaña procedan a retirar sus bases militares, a la eliminación de las armas nucleares que almacenan o circulan en sus submarinos en América Latina y el Caribe y al retiro de la IV Flota estadunidense de la región.
La exigencia por el reconocimiento de los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y la condena al bloqueo a Cuba fueron también acuerdos importantes. Llegará el día en que Puerto Rico se siente en la CELAC junto a sus hermanas latinoamericanas.



miércoles, 5 de febrero de 2014

SEMOS EUROPA



 
Primero fue el Mercado Común, luego la Unión Económica y por fin la Unión Europea, simulacro diferido de lo que sigue siendo puro mercado, lonja de contratación, compraventa y almoneda, conciliábulo de verduleras y carniceros.  Los valores culturales presuntamente compartidos, las tradiciones comunes, la religión y la filosofía, pura filfa, camuflaje y parafernalia, la única libertad es la libertad de mercado, la libre circulación de mercancías y de mercaderes, no de personas. Las viejas fronteras no se han borrado, algunas están más vivas que nunca, nacionalismos atávicos, banderas y banderías, el fratricidio antes que la confraternización, la Europa de las fratrias , de las patrias chicas y provincianas, del ADN y del RH. En Bruselas, burócratas y tecnócratas supervisan las transacciones, penalizan, recortan o presionan a los gobiernos subsidiarios. El  Parlamento Europeo se convierte muchas veces en el retiro de viejos guerreros de la política, jubilación bien remunerada, horarios cómodos, dietas de lujo y discreción garantizada, exilio dorado. El 50 por ciento de los ciudadanos españoles convocados a las elecciones europeas declinará comparecer ante las urnas. Bruselas no es sinónimo de unidad, su nombre es una amenaza: Bruselas dicta, impone, recomienda bajadas de sueldos, despidos más baratos, más protección y más recursos para las entidades bancarias y financieras.
En la España preuropea de los años sesenta y setenta, fuera del mercado común, en la España apestada por el franquismo, los españoles se sentían más integrados en Europa, aunque fuera a través del festival de Eurovisión. Abundaban en los cines las películas francesas, inglesas, italianas y hasta soviéticas con reparos. Londres era la meta de la modernidad, los Beatles, la Carnaby Street de Mary Quant y el Free Cinema, el modelo sueco y las canciones francesas e italianas, los provos holandeses, los hijos de Mayo del 68… Europa todavía era un sueño que hoy se ha transformado en pesadilla. Alemania va ganando la tercera guerra mundial sin disparar un tiro, la bandera europea es el euro, la moneda única, solo nos hemos puesto de acuerdo en lo monetario. Europa nos ajusta las cuentas, Europa a cara y cruz. Norte contra Sur,  Atlántico contra Mediterráneo, Europa de dos velocidades, Europa rigurosamente vigilada por los guardianes del sistema capitalista. Cayó el Muro de la Vergüenza y hoy las vergüenzas están más repartidas y a la vista.
La historia común europea es una crónica de agravios, de luchas intestinas de guerras mundiales o de andar por casa, guerra de los cien años, de los treinta, de los siete, guerras y guerrillas, genocidios y cruzadas, del imperio romano a los tercios de Flandes y a las SS, con la bendición del Papa de Roma, hogueras para los herejes, hambrunas a la sombra de los palacios. Cuando oigo hablar de tradición europea, de legado común y patrimonio espiritual echo mano a los manuales de Historia o a la Wikipedia. Esta es su Europa, quédense con ella.

Por: Moncho Alpuente

Fuente:Público.es